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Ernesto Ríos: viajero de la luz

Benjamín Risso

¡Oh sagrada luz, hija primogénita del cielo,
 ánima misma de la esencia increada,
habitáculo eterno de Dios!...
 ¿cómo podría ensalzarte cuanto mereces?...
Milton

El verdadero viajero inicia un recorrido que, lejos de llevarlo al conocimiento de lo exterior, lo conduce a las profundidades de su universo interior. Éste es el caso de Ernesto Ríos –Cuernavaca: 1975–, que nos presenta el fruto de su periplo alrededor del orbis, traducido en imágenes fotográficas de un gran contenido simbólico.


Sorprende a quien se acerca por primera vez a este material, la ausencia de referentes que den cuenta de su paso por San Francisco o Nueva York, Italia, Noruega. Corea o Malasia, pues el artista ha renunciado a la tentación de registrar monumentos, paisajes y personas, en pro de una búsqueda cuya meta comienza a adquirir sentido durante el proceso de revelado.


Pareciera que su cámara se rehúsa a ser utilizada como simple instrumento de “turisteo”, que la lente conoce la existencia de miles de secretos, ocultos en algún recóndito lugar, a la espera de ser descubiertos. Y es que la fotografía no sólo tiene el poder de capturar el instante de eternidad que la conjunción espacio-tiempo nos ofrece, también resguarda esos acontecimientos para luego hacerlos resurgir en nuestras mentes. Así, la imagen actúa de nexo entre lo que fue y lo que está: el instante capturado.


Ernesto Ríos, mediante su trabajo, nos coloca en el papel de exégetas del lenguaje visual, y nos obliga a realizar una incursión en el tiempo más que en el espacio, para rescatar las imágenes interiores que constituyen el acervo de toda la humanidad, reencontrarlas y reinterpretarlas.


De esta expresión artística conceptual donde se relacionan objetos aparentemente irreconciliables –la pantalla de una lámpara como marco de un álgido paisaje celeste, el perro echado junto a un difuso anuncio comercial–, surge la culminación de una búsqueda. El perro, guardián del Más Allá, anuncia el umbral del paso hacia lo desconocido, enmarcado en una composición brumosa. Su blancura garantiza la fidelidad proverbial que en todas las culturas le ha caracterizado como protector de los desvalidos. Este tránsito hacia las profundidades del espíritu obliga a portar luz propia que ilumine el sinuoso camino; de ahí la lámpara como constante.


La palma de la mano, de cuyos trazos se delinean los futuros humanos, conecta con la escritura inexpugnable de caracteres arábigos que remiten al sagrado Corán, El Libro para la religión islámica. De ahí que se pondere la necesidad de fusionarse con el Todo, representado en el azul infinito, símbolo de lo divino, donde la mirada se pierde en un horizonte ilimitado que recuerda la eternidad, enfocada la atención por un moderno mandala construido con la pantalla de una lámpara, donde los círculos concéntricos refuerzan el anhelo de eternidad.


Y la tranquilidad dada en la suavidad de los colores, ya sean álgidos o de gran calidez, abre paso a la armonía consigo mismo, el anhelo de trascender, el deseo de paz interior. No es gratuito que el David de Miguel Ángel se descubra en medio de un halo solar –manifiesto gracias a un fortuito error del revelado–, para recordar que el fotógrafo es el arquetipo contemporáneo de los antiguos sabios alquimistas, cuya coronación se aprecia en este Adonis Occidental: el Hermes Trismegisto.

 

 

 

 

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Ernesto Lanz Photography